libertad
miércoles, 17 de septiembre de 2014
Hay
un aviario.
Perdido
en algún rincón, en algún confín, entre dos montañas.
Hay
cientos de pájaros, con plumas de tantos colores como puedas imaginar.
Ese
aviario no tiene ventanas. No tiene paredes. No tiene puertas. Es un hueco en
el mundo, entre dos montañas.
Los
pájaros pueden huir, siempre,
cuando
quieran,
pueden
abrir las alas,
sentir
el aire en las plumas,
y
huir.
Pero
no se van.
Todos
los pájaros permanecen allí,
el aviario perdura,
existe
en el tiempo y en el espacio y si algún pájaro se va, siempre vuelve.
Nadie
sabe por qué.
No
hay nada allí que los retenga.
Nada
allí que los haga permanecer horas y días y años y les haga volver aun teniendo
todo el cielo para ellos.
No
hay nada, ni paredes, ni puertas, ni ventanas, que puedan convertir aquello en
una jaula,
ellos
tienen todo el cielo, pero se quedan en el aviario.
Los pájaros,
con
alas,
no
quieren volar,
porque
saben que nada allí los obliga,
que
nada los retiene,
y
siempre que quieran, podrán irse,
y
podrán volver,
porque
tampoco hay puertas, ni ventanas, ni paredes, que se lo impidan.
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Hay una puerta que conecta dos mundos. Es una puerta firme,
resistente,
impermeable,
capaz de aguantar una tormenta,
capaz de sobrevivir a un incendio,
y a un invierno infinito.
Esa puerta está en algún rincón secreto, entre el abismo de
ambos mundos.
Nadie sabe exactamente dónde,
hay quien cree que está allí donde te atrevas a buscar,
hay quien dice que no existe,
porque esa puerta vive de la fe.
Si crees en ella, existe.
Pero has de creer,
has de creer hasta sangrar.
Y has de salir de tu mundo,
adentrarte en el abismo,
ciego de fe,
mudo de fe,
cojo de fe,
en pie por fe,
con miedo a la fe,
y creer.
A ojos cerrados,
a rodillas firmes,
a pies que tropiezan,
a costillas que duelen,
espaldas que se tuercen,
que se inclinan, que casi quiebran,
pero no.
Pero hay que creer.
Adentrarte en el abismo y
caminar.
Y entonces aparecerá aquella puerta que conecta los dos
mundos
y abandonarás el abismo,
aunque
nunca abandonas el abismo
porque
el abismo se queda en ti,
pero llegas. Al otro lado. Al otro mundo.
Y la puerta se cierra. Porque no existe marcha atrás cuando
hay fe.
Porque los caminos que traza la fe son solo de un sentido.
Hacia delante.
Y has de seguir caminando.
Incluso en aquel mundo. Nuevo, desconocido, inmenso.
Y entonces habrá otro abismo,
y otra puerta,
y volverás a creer.
Creerás, humano, por ser humano creerás.
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color
martes, 24 de junio de 2014
Me describió el mundo en una ostentosa combinación de
colores. Era como si, por su forma de usar las palabras, hubiera cogido un
pincel con los dientes y le chorrease pintura de un extremo. Esa pintura que
goteaba contra el linóleo del suelo sobre el que nos sosteníamos, uno frente al
otro, creaba una especie de banda sonora. Y sonaba como un corazón latiendo
justo antes de partirse.
Me miraba. Y hablaba sobre los cielos de múltiples colores,
de las estrellas infinitas y las nebulosas iridiscentes. Me hablaba de planetas
que no podían compararse al nuestro sino tenían poesía. Si no tenían a nadie
hablando de sus suelos, de sus cielos y sus horizontes como quien lo estuviera
pintando con sus propias manos. Porque en ese momento, conjugando un mundo en
su mente y plasmándolo con el color de sus palabras, veía la imagen y la
semejanza de cualquier dios en ese afán creador de todas las personas. En esa
necesidad de contener en jarrones las flores y ordenar las piedras para crear
caminos que nos llevaran a Roma. Aunque solo fuera para reducir la ciudad a sus
cimientos. Esa era su forma de comprender y de amar: crear.
Creaba el mundo para poder regalarlo, para poder entenderlo.
Parecía capaz incluso de dibujar la gravedad, de buscarle un color que la
definiese. De trazar los campos magnéticos en gamas cromáticas, las partículas,
los átomos, tenían un color y un dibujo. Y lo veía. Con los ojos cerrados. Y
también así concebía a las personas, con una sinestesia de colores y formas
casi intolerable para cualquier otro ser humano. Reducía la existencia humana a un arcoíris, a
un mapa degradado desde el negro hacia el amarillo del mismo sol. Comparaba
cualquier ser con un universo entero y ahí empezaba su arte. Las redondeces de
la mujer con las cascadas, con los ríos serpenteantes que parten la tierra, que
nacen del mar y vuelven allí; con la basta superficie del agua que nos da vida,
que nos impulsa hacia la muerte. Las rígidas líneas del hombre, sus sesgos
afilados y firmes, con las montañas, con la tierra partida que nos sostiene y
sobre la que caemos.
Esa era su forma de concebir la vida. Y era su forma de
destruirla. De la misma forma en que podía comparar a cualquier ser con un
universo magnífico, con un mundo repleto de vida, podía convertirlo en un mundo
muerto, en un mar donde nada vivía. Podía crear caminos que no llevaran nunca a
ningún sitio, podía crear estrellas que solo brillaban para recordarnos que
estaban muertas. Soles que ardían en el helio, hielo que quemaba al tacto.
Podía hablar de personas que poseían la Antártida en el pecho, de gente que no
tenía más que desierto dentro, como un reloj de arena en constante agonía por
culpa del tiempo. Quebraba a la gente como si estuviera acabando el mundo. Pero
también lo hacía en una especie de éxtasis de colores y formas. Destruía
mundos, incluso universos, pero lo hacía con un grito cargado de color que
recordaba tanto a la vida que parecía imposible que hablara de muerte.
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Creo en tu humanidad destrozada e irreparable.
Creo en tu mirada beligerante incluso cuando me suplicas tregua.
Creo en tu soberanía sobre mis aguas y en la insalvable necesidad de auxilio cada vez que intento tocar tierra y me ahogo.
Creo en tu oscura y visceral necesidad de hacer prisioneros para acallar tu soledad.
Creo en cada paso, en cada latido y en cada movimiento de tu cuerpo.
Por creer, me creo hasta tus mentiras y las convierto en mandamientos.
(Para poder lapidarme con ellos)
Por creer, quemo cualquier iglesia y hago de tu cuerpo tierra santa.
Por creer, te hago deidad, mártir, crucifixión y agua bendita.
Por creer,
y por no dejar de hacerlo.
Por rezarte,
y por enmudecer en tu presencia.
Por crucificarte,
y por ser tu cruz.
Por adorarte,
y por hacerte blasfemia con mi boca.
Porque seas quien seas, eres tú. Y creo en ti.
(Ist dies für sie, Feuer)
(Imagen © Arlet Hinojosa Martínez)
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Ícaro
II
Cargo las alas de Ícaro en mi
espalda.
No tienen plumas,
pues son ceniza.
Tal vez eso es lo que me acerca al
infierno,
o tal vez sea el fuego de mi rabia.
Aunque qué pasa si es cierto
que el infierno está congelado.
Que es un invierno constante
cuarteándote la piel,
dejándote los labios en carne viva
como cuando te beso.
Entonces tal vez necesitemos quemar nuestro pasado
e intentar calentarnos así los
huesos y las manos.
Pero no tenemos cartas, no tenemos
fotos,
y por ahora no sé hacer hogueras con
fantasmas.
Así que tendremos que aguantar,
tiritando, incinerados,
cada uno en un extremo del abismo,
buscando refugio en otros cuerpos,
buscando consuelo en otras camas,
y esperar a que nos vuelvan a brotar
las alas
de dónde solo queda infierno.
Buscaremos un cielo
hecho de ladrillos, de cemento,
de escombros, de semáforos en rojo,
de olor a gasolina,
en una ciudad que no nos pertenece,
en la que tú pintas los muros
y yo escribo en sus suelos.
Y sea lo que sea el infierno
nada tiene que ver con echarte de
menos
pues es peor castigo que cualquier
condena.
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Ícaro
I
De tus soles frío brota luz que no
quema,
días que solo se calientan con tus
manos,
distancia que no mata al ser
acortada.
Los amaneceres se deslizan por los
precipicios de mis caderas
y atardece poco a poco tiñendo de
color las paredes de mi cuarto.
Que soy Ícaro enamorado de tu luz,
dispuesto a abrazarse a tu maldita
estrella.
esa que no quema mis alas porque el
fuego de
tu sol se quedó entre mis sábanas
así que nada me impide acercarme a
toda esa luz
que no me ciega porque estoy
acostumbrada a tu presencia.
Y tu sol helado sigue alumbrado el
mundo
que no cesa, que sigue girando. Que no acaba.
Ni aunque seas tú quien intente
llevarle al orgasmo.
Pero ahora entiendo por qué te echo
de menos de noche:
porque no hay luz de luna
equiparable a tus soles.
Porque soy hombre lobo aullando a tu
estrella,
pidiendo a tus manos caricias que
apacigüen a esta bestia.
pero no hay manos en mi pelaje
y sigo rugiendo cual bestia
y tal vez es por eso, cariño, que muerdo cada piel que no es
tuya.
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Te prometo el Mediterráneo dibujado sobre la cota de malla
de la armadura de sal y azufre que vistes en cada una de tus
batallas.
Te prometo el mar tan cálido y húmedo como mi piel tras tus
labios,
el océano infinito como fuego fatuo de tus pesadillas y mis
sueños.
Te prometo el mediterráneo verde coral, azul cielo, negro
agujero
te prometo el mar de colores radiactivos y de radiactividad
cero.
Te prometo una ola profunda en la
que ahogar las penas
(pues el ron debe
estar matándote el hígado, amor, y yo prefiero matar tus miedos)
pero te prometo también la superficie lisa del mar Egeo para
que puedas ver tu reflejo
tal y como te veo yo cuando abro los ojos y me pesan los
párpados y la cabeza me explota
pero te veo y entonces la pierdo y algo explota pero no tan
arriba, sino al sur de mi cuerpo.
Así te veo yo con resaca y la luz perforando agujeros en las
persianas para colarse y matar nuestra mañana, tal y como te ves tú reflejado
en la calma de un mar muerto.
Y te prometo un océano que separe dos mundos y los una, a su
vez, con su agua y con sus playas de arena y piedra pues tú y yo no somos más
que un mundo solo.
No somos más que dos hemisferios (in)separados por nuestro propio muro de Berlín hecho de piedra y
sal.
Te prometo, entonces, el Mediterráneo sin invierno y sin
veranos, sin boyas y sin barcos;
te prometo el Mediterráneo de tus ojos anegados, de tus
pulmones encharcados;
te prometo el Mediterráneo de los cigarros a pachas, de las
botellas tumbadas;
te prometo el Mediterráneo sin faros y sin puertos, sin
horizonte y sin marea;
te prometo, cariño, el Mediterráneo seco y húmedo, desierto
y Antártida;
te lo prometo mientras te hundo en la gravedad cero de tu
mal de altura, de tus sueños rotos, de los mares que inundan tu colchón y tu
pecho.
Te prometo el Mediterráneo dibujado a salitre en tu piel
radiactiva
y espero que te lo bebas cuando me eches de menos
(no creo que sea más tóxico que tu recuerdo)
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Hay veces que, como una canción de cuna que solo te da
pesadillas;
como un milagro obrado en silencio entre una sorda multitud
bulliciosa;
como una sonrisa con filo que corta tus muñecas sangrantes;
como una mirada intrépida al fondo de ese abismo entre tus
costillas;
el miedo nos devuelve la mirada.
Y caemos, como si cayéramos por altares pedregosos llenos de
clavos
pero vacíos de cruces, hasta tocar el fondo de un infierno
que nunca tuvo fuego.
De un lugar oscuro y aterrador que se esconde debajo de
nuestras camas,
en el interior de los armarios, entre las estrellas
cubiertas de polución,
en el interior de nuestro pecho ferroso, de nuestras
costillas casi quebradas.
Caemos hasta ese lugar en el que el miedo nos muerde,
en que nuestros propios perros nos ladran porque no nos
reconocen,
en que los árboles ya no tienen raíces y los cementerios no
tienen muertos.
Caemos, aterrados, hasta acabar de rodillas rezando a dioses
en los que no creemos,
porque el miedo nos devuelve la mirada y, en ella, solo
vemos una cosa.
En la mirada del miedo, solo nos vemos a nosotros mismos.
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